Patrimonio cultural de Ibagué, entre la indiferencia y la desidia

por Andrés Tafur

“Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche…”, escribió José Arcadio Buendía en un letrero que colgó en la cerviz de una vaca, preso de una peste terrible provocada por el insomnio. Cuenta García Marquez que, insomnes expertos, los Buendía marcaron cada cosa de Macondo con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola, vaca, chivo, puerto, gallina, yuca, malanga, guineo… pero el sistema exigía tanta vigilancia y tanta fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por ellos mismos, que les resultaba menos práctica pero más reconfortante…

En la historia de Cien años de soledad fue una sustancia que Melquíades dio a beber a José Arcadio la que permitió a Macondo la reconquista de los recuerdos, sin embargo, no hay ninguna esperanza de que, ante la peste del olvido, pueda suceder de esa manera en las sociedades humanas por fuera de la literatura.

img 2621Actualmente, existe consenso en torno a la necesidad de cuidar el ambiente, enmarcado en visiones del desarrollo las cuales orientan la relación hombre-naturaleza, y por supuesto, la explotación o el aprovechamiento de los recursos naturales. Sin entrar en el debate del denominado “capitalismo verde” y el “ecologismo profundo”, se puede observar que cada vez más, por lo menos en los documentos, las políticas públicas animan cierta tendencia centrada en la reducción de daños ambientales y en la sustitución de recursos impactados o dañados, derivado de la actividad económica.

No obstante, no siempre se consideran acciones orientadas a la protección de los “recursos culturales”. Esto se debe a que los conceptos de sustentabilidad y sostenibilidad, telón de fondo en el debate contemporáneo sobre el desarrollo, son asumidos de forma parcial, olvidando que no suponen como objetivo solamente la conservación del “patrimonio natural” sino que, como plantea Di Pace para el caso del desarrollo sustentable, “significa la aplicación de un modelo socialmente equitativo, que minimice la degradación o la destrucción de la base ecológica de producción y habitabilidad creada por el hombre, por tanto cultural” 

img 2639La cuestión es que, tal como pasa con los “recursos naturales”, los bienes de carácter cultural nunca son renovables o reemplazables; por tanto, su pérdida por abandono o destrucción siempre es irreparable.

La indiferencia de la ciudadanía ibaguereña frente a su patrimonio cultural, pero sobre todo la de su dirigencia política, es sólo equiparable a la peste del insomnio relatada en la novela de García Marquez. Parece que nadie recuerda el valor histórico de los monumentos, y mucho menos la historia de quienes éstos representan. Tampoco se tiene en consideración la gramática de las primeras edificaciones y todo lo que estas son capaces de expresar sobre nuestro pasado remoto. La casa Jorge Isaac y el Panóptico son casos emblemáticos como vergonzosos del profundo desprecio que los dirigentes sienten por la historia, y me atrevo a decir que no dicen tanto de lo que fuimos como de lo que somos: una sociedad en desarraigo, que no le interesa encontrarse a si misma.

No tiene que ser necesario colgar letreros en las edificaciones y monumentos para informar a las autoridades, los empresarios y los ciudadanos sobre lo que éstos significan, o para recordar su utilidad en la construcción de la identidad local y la memoria colectiva, ¿O sí?

El patrimonio en las políticas culturales

img 0858De acuerdo con el Compendio de Políticas Culturales (2010) del Ministerio de Cultura, las acciones en torno a la protección del patrimonio en Colombia datan de 1959, con la expedición de la Ley 163, por medio de la cual se dictan “medidas sobre defensa y conservación del patrimonio histórico, artístico y monumentos públicos de la nación”. Desde entonces, la gestión del patrimonio cultural ha pasado por diferentes entidades como el Consejo Nacional de Monumentos Nacionales, Colcultura, la Fundación para la Conservación del Patrimonio Cultural Colombiano, la Subdirección de Monumentos Nacionales de Invías y el Centro Nacional de Restauración, entre otros, que han sido instituciones de vanguardia en su momento pero que han desaparecido debido, en gran parte, a la evolución del concepto de patrimonio cultural y a los diferentes procesos de modernización del Estado.

El artículo 1 de la Ley 1185 de 2008, que modifica el artículo 4 de la Ley 397 de 1997, es hoy el que define normativamente el patrimonio cultural de la nación, como aquel que está constituido por “todos los bienes materiales, las manifestaciones inmateriales, los productos y las representaciones de la cultura que son expresión de la nacionalidad colombiana, tales como la lengua castellana, las lenguas y dialectos de las comunidades indígenas, negras y creoles, la tradición, el conocimiento ancestral, el paisaje cultural, las costumbres y los hábitos, así como los bienes materiales de naturaleza mueble e inmueble a los que se les atribuye, entre otros, especial interés histórico, artístico, científico, estético o simbólico en ámbitos como el plástico, arquitectónico, urbano, arqueológico, lingüístico, sonoro, musical, audiovisual, fílmico, testimonial, documental, literario, bibliográfico, museológico o antropológico”.

img 0091Actualmente, el patrimonio cultural de la nación no requiere una declaratoria que lo reconozca como tal: los bienes y las manifestaciones característicos de una región o de un municipio en particular son “expresión de la nacionalidad colombiana”, ya que, en términos generales: “la cultura en sus diversas manifestaciones es fundamento de la nacionalidad” y “el Estado reconoce la igualdad y dignidad de todas las que conviven en el país.”

Todas las manifestaciones culturales y los bienes a los que se les atribuyan un “especial interés histórico, artístico, científico, estético o simbólico” se constituyen, entonces, como patrimonio cultural de la nación, reconociéndoles así un valor patrimonial que no requiere ser catalogado o registrado como tal para ser reconocido, pues son las mismas comunidades las que lo otorgan.

El patrimonio y la memoria

La discusión acerca de la protección del patrimonio se balancea entre dos polos opuestos representados por quienes promueven acciones radicales de preservación a costa de “sacrificar el desarrollo”, y por aquellos que buscan “dar paso a lo nuevo” sin temor a destruir el patrimonio. Los barrios Belén, Centro y La Pola en Ibagué, son testigos mudos del triunfo de los segundos sobre los primeros.

img 2676Sobre el criterio desarrollista para destruir las grandes edificaciones de esta zona de la ciudad, el arquitecto, investigador y profesor universitario, Andrés Francel, ha señalado que “…el problema no es que las demuelan, la cuestión es no saber su valor, no tener un criterio, aparte del monetario, para decidir si deben seguir o no, el problema es no saber su historia…”. Y es eso lo que precisamente aporta su libro Cuatro décadas de arquitectura ibaguereña (1904-1940), el cual, a juicio del escritor tolimense Benhúr Sánchez, resulta un “gran aporte al conocimiento de la cultura tolimense”:

“Todo aquello que contribuya a la reconstrucción de nuestras raíces como seres humanos actuantes en la ciudad se transforma en una valiosa base de conocimientos sin la cual ni la ciudad ni nosotros tendríamos una razón de ser, un sentido existencial concreto. Lo que nos propone Andrés Francel en su libro es hacer una lectura distinta de la ciudad, otra forma de apropiarnos de un entorno cultural que se ha transformado vertiginosamente y cuya falta de asidero, precisamente por la falta de conocimientos, nos convierte en desarraigados, ya del tiempo, ya del espacio que habitamos, porque no sabemos a ciencia cierta en dónde estamos parados”.

Aciertan Francel y Sánchez al imaginar el patrimonio cultural integrado por elementos cuya forma constitutiva es expresión de conocimientos adquiridos, arraigados y transmitidos (historia, herencia), los que en forma individual o en conjunto, revelan características ambientales, antropológicas o sociales que expresan o fomentan la cultura. El patrimonio, señala Maria Dolores Muñoz, comprende bienes culturales que pueden venir del pasado o del presente, con valor en sí mismas y cuya importancia no depende de su propiedad, uso o estado de conservación sino que se han convertido en patrimoniales por su aporte al conocimiento de una sociedad sobre sí misma. El patrimonio cultural es parte de la riqueza colectiva de una comunidad, región o nación y, por transmitir valores permanentes y reconocidos, es un elemento clave en la materialización y fortalecimiento de la identidad local y memoria colectiva.

El panóptico y la casa Jorge Isaac, monumentos al desprecio por la memoria colectiva y la identidad local

Hace seis años, el Tribunal Administrativo del Tolima emitió un fallo judicial que ordenaba al municipio, al departamento y a la Nación, en un plazo máximo de un año, iniciar las obras civiles y arquitectónicas necesarias para la protección de la casa histórica del escritor Jorge Isaacs y el terreno donde se encuentra construida.

img 0820No obstante el fallo, la casa está a punto de derrumbarse (o lo que queda de ella). El argumento de la administración municipal, desde el 2009 hasta acá, es que “El inmueble figura dentro del Plan de Ordenamiento Territorial como bien de interés arquitectónico, pero al mismo tiempo es privado y eso evita que se puedan hacer inversiones en él”.

Con base en un argumento espurio, los sucesivos alcaldes y gobernadores han burlado su responsabilidad política con la memoria, y han dejado a los ibaguereños y a los tolimenses sin la oportunidad de reconocer el legado que el escritor de uno de los relatos literarios emblemáticos de la construcción de la nación colombiana, ha dejado a la posteridad. Son incontables las versiones, representaciones y transposiciones que se han hecho de la novela de Isaac, reducida a trizas por la “voluntad” de una dirigencia atrasada en términos culturales y oportunista y chapucera en términos políticos.

img 0067Capítulo aparte merece el Panóptico. Recordado en la pupila de la ciudadanía no ya como una de las pocas edificaciones de esa naturaleza mantenidas en pie (y símbolo de los derechos humanos en América Latina) sino como el elefante blanco de gobernadores y alcaldes que invirtieron cuantiosos recursos públicos que fueron a parar a arcas personales.

Pero no hay patrimonio si la sociedad no lo reconoce como tal, y nada harán las políticas públicas desde la artificialidad de la ley y los documentos. Como han señalado incontables expertos e informes multilaterales (Convenio Andrés Bello, Unesco), la protección del patrimonio no depende solamente de las instituciones gubernamentales o académicas, o de la efectividad de las leyes que regulan la conservación de los bienes patrimoniales sino que está relacionada con la valoración que la sociedad tiene de ellos. La identificación de una comunidad con su propio patrimonio es fundamental para su protección, ya que ésta depende, en gran medida, del nivel de conciencia alcanzado acerca del valor social del patrimonio.

Caso contrario, pareciera que los ibaguereños están condenados a la maldición de la princesa Ibanaska, quien en el preludio de su muerte, maldijo este territorio con el infortunio de perder los cantos, lo cual, para nuestros tiempos y en nuestro lenguaje, es lo mismo que decir que seríamos una ciudad sin historia.